domingo, 10 de marzo de 2013

YO SOY EL DE LOS CARAMELOS


Subió al taxi en la estación Retiro. Se lo veía pobremente vestido, casi un indigente.
Ni bien se sentó, antes de que yo pusiera a andar el reloj me preguntó cuánto costaría el viaje hasta el Hospital de Niños.
Le dije la cantidad aproximada.
-Vamos, entonces, por favor. Me respondió.
Durante la marcha me dí cuenta enseguida que no conocía mucho de la ciudad. Miraba a un lado y a otro como queriendo retener en su memoria los edificios, las calles y las plazas.
-Disculpe, me preguntó luego de algunos minutos. ¿Este recorrido lo hace algún colectivo? Es que voy a tener que venir seguido y el taxi me sale un poco caro.
-Si, le contesté. Puede tomar el 92 que lo deja bien.
-Ah. Gracias. Será mejor el colectivo la próxima vez. ¿Sabe? Tengo un hijo que está internado en hospital.
Tenía ganas de contarme. Eso se notaba enseguida. Y comenzó a contarme que vivian en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, bastante lejos, y que venía para verlo. Mientras hablaba, sin que el se diera cuenta apagué el reloj del taxi.
Cuando llegamos a la puerta del hospital me preguntó.
-¿Cuanto le debo señor?
-Nada, le respondí.
-Pe...pero ¿Por qué? Este es su trabajo. Usted vive de esto.
-Mire, le dije. Usted no tiene nada que ver. Es una cosa entre el pibe y yo. Quiero darle un paquete de caramelos, pero para comerlos tiene que estar sano. Cuando se cure cómprele unos caramelos y dígale que son de parte de un taxista de Buenos Aires.
-La verdad, muchas gracias, dijo el hombre y se bajó.
Vi como caminaba hasta la puerta del hospital, subía la escalinata y se perdía dentro del enorme edificio.

Pasaron muchos años. Yo como siempre trabajando arriba de mi taxi.
Una noche, yendo por la avenida Gaona, casi al llegar a Espinosa, veo una enorme iglesia y enfrente un bar abierto.
Estaba bastante fresco, casi frío, y me dieron ganas de tomar un café con leche y aprovechar para ir al baño.
Estacioné el auto sobre Gaona, entré al bar, me senté frente a una mesa al lado de la ventana y pedí un café con leche al mozo.
Mientras lo preparaban fuí hasta el baño, volví, me senté y me lo trajeron. Humeaba, daban ganas de sostener la taza con las dos manos para calentarlas un poco.
Estaba alzando la taza y siento en el hombro una mano que se apoya.
Mi primer pensamiento fué el de sentirme en peligro. Giré la cabeza y ví a un desconocido.
-¿Si? le dije ¿Lo conozco?.
-Yo soy el de los caramelos, dijo el hombre. Quería decirle que ya se los di al pibe y que te da las gracias.
Me había olvidado por completo pero al oirlo lo recordé.

¿Sabe señor? Yo no cobro los viajes de apuro a los hospitales. Es cosa mía. Cosa de un taxista de Buenos Aires.

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