lunes, 14 de abril de 2014

LECHERO DE BARRACAS

Subo en la esquina de Finochietto y Perdriel. Es la primera mañana fresca de este otoño. Tenía turno muy temprano con el médico en el Hospital Británico y ya me estoy yendo para la zona de Tribunales, con ese espíritu optimista y esperanzado que genera un médico que te viera mucho menos jodido de lo que vos pensabas estar media hora antes.
Es un Corsa, no muy nuevo, con un conductor de unos sesenta años. Después me enteraré de que cumplió 65 la semana pasada. Canoso pero con todo el pelo, hablar pausado y respetuoso.
-Buen día. Hasta Libertad y Lavalle, por favor.
-Como no. Disculpe ¿es del barrio? Digo de acá, de la zona.
-No. Vine al hospital. Pero me gusta Barracas. Creo que es el barrio mas lindo de Buenos Aires. Calles anchas, casas bajas, bastantes parques.
-A mi también, me dice mirándome por el espejo retrovisor con unos ojos sorprendemente azules. Yo me crié acá. Mi viejo guardaba el carro y los caballos en un corralón de aquí a la vuelta, por Baigorri.
-¿Tenía chata?
-No, señor, al principio solamente carro. Más adelante sí pudo comprar la chata y cuando dejó eso se pasó a un Mateo.
-Lástima que el barrio esté tan venido abajo, las casas con rejas.
-Verdad. Es que muchas casas están tomadas por esos peruanos que no dejan de robar. La gente decente se asusta y se quiere proteger.
El tránsito se ha detenido durante varios minutos por un auto que hace maniobras para estacionar ayudado por un trapito.
-¿Ve esa casa? Me señala una de esas de principios del siglo pasado, con puerta cancel de madera con tiradores de bronce, algo venida a menos, con  dos ventanas balcón cerradas con sus celosías.
-Allí vivía un señor importante. Mi papá me mandaba que viniera a recibir los pedidos.
-¿Que repartían?
-Leche. ¿Vió los tarros y las medidas? Mi papá repartía y a veces nos dejaba a mi hermano y a mí acompañarlo. El sacaba primero la crema a eso de las cuatro de la mañana, cuando la recibía, y con eso hacía manteca. Mi mamá preparaba el dulce de leche. ¿Se imagina el sabor de ese dulce hecho mayormente con crema? El desayuno de pan con manteca y dulce de leche era como una comida, más que una comida.
-¿Dónde retiraban la leche?
-En la estación Constitución. Llegaban los trenes lecheros y todos los carros de reparto recibían los tarros y a trabajar.
El tránsito se aceleró un poco y el taxi dobló por Baigorri hacia la avenida Amancio Alcorta.
-¿Ve ese depósito grande? Ahí no era sino al lado. Ahora donde se guardaban los carros se hizo una villa, que le va a hacer. Enfrente, no estaba el parque que ahora ve tan grande sino que había un vivero municipal. Un día lo cerraron y ahora está el parque. Lástima que ya no se puede ni caminar por ahí. Le roban a cualquiera. Hasta a los ancianos que viven en el asilo al lado del Hospital Rawson les sacan lo poco que tienen.
-¿Ese era el Rawson, verdad?
-Si, ahora hay no sé qué cosa de la Municipalidad o del Gobierno como ahora le dicen, se ven esos camiones amarillos. El hospital era muy bueno. Ahí lo llevaron al “Mono” Gatica cuando lo atropelló un auto. ¿Se acuerda de Gatica? Gran boxeador. Terminó vendiendo ballenitas y muñequitos en la calle. Qué le va´cer.
Gira por Finochietto y toma Salta. Ya me veo que por conversador no deja de ser taxista, y que me llevará por esa calle lenta y llena de colectivos en lugar de hacer un par de cuadras más e ir por la 9 de Julio. No me importa, estoy disfrutando de la charla y no tengo apuro.
-Ahí, donde ahora hay ese garage grande de taxis ya había una playa de estacionamiento cuando yo era chico. Al lado había un negocio que tenía teléfono. En mi casa no teníamos y tampoco ninguno de nuestros vecinos. Teníamos que caminar unas cuantas cuadras hasta acá. Mi papá tenía un cliente grande, una heladería por Bernardo de Irigoyen y había que llamar por teléfono para preguntar por los pedidos. “Traeme ciento veinte litros, pibe”. Era un muy buen cliente. Mi viejo iba primero a llevar ese pedido. El barrio era humilde pero seguro. A mi hermano y a mí nos bañaban en una palangana y no me avergüenza decirlo. Mis padres nos inculcaron el respeto, el amor por el trabajo y la dignidad. Cuando tuve edad de tomar el colectivo 67 mi viejo me dijo “Que no me entere que una persona anciana o cansada viajó parada al lado tuyo, dale siempre el asiento a las señoras”. “Perdé cuidado” le respondía yo. Mire ahora cómo se vino abajo la educación.
-Verdad. Antes las propias maestras enseñaban a comportarse a los chicos, a usar las palabras correspondientes.
-Qué le parece.
Circulamos por Salta, cruzando Constitución. En varios portales se ven horribles travestis ejerciendo la prostitución. Figuras patéticas, demacradas, con cirugías que los asemejan más a momias egipcias o a monstruos como Frankenstein, que ni son hombres ni mujeres.
-Si, que tremendo.
-No puedo dejar de pensar en lo bajo que caen, y lo peor es los que los utilizan. De noche ni se puede andar por acá. Es muy duro. ¿Ve ahí? En esa manzana cortita había un teatro. Ahora no se qué. Creo que venden droga. Mis abuelos venían a ese teatro, les gustaba ver las obras que presentaban.
-Que bien. ¿De dónde eran?
-Mi abuelo de La Coruña, Pontevedra. Mi abuela de Sicilia.
-La Coruña es hermosísima. Viera el mar allí, y los cerros. El paisaje es emocionante. Y la gente educada, alegre, musical. Me imagino como habrá sido para ellos, como sus abuelos, venir desde esos lugares a la fuerza hasta acá. ¿Quién sabía qué era América? ¿Dónde quedaba la Argentina?
-Verdad. Muchos me han dicho lo mismo que Ud. de La Coruña, del país gallego. Una señora que llevé el otro día, ya grande, me decía que cada vez que podía viajar allí no quería volver. Pero todos a los que quería estaban aquí en Argentina. Hijos, nietos. Sentía el corazón un poco en cada lugar y se preguntaba si podría volver, porque ya le estaba fallando una pierna y con mas de ochenta se le hacía cuesta arriba.
Sigue callado un par de cuadras. Se entona otra vez cuando pasamos por la Casa de Ejercicios.
-Pero hay jóvenes… el otro día llevé a dos chicos de unos catorce años. Viera que educados. Por favor, gracias. Todo así. Venían de la canchita pero no habían podido jugar al fútbol porque se largó a llover muy fuerte y el entrenador tenía miedo por los rayos. Uno de ellos me contó que acompañaba a su abuelo a la cancha a ver el fútbol y que por el peligro que hay ahora hasta iba con él al baño para que no le robaran. A propósito. el otro día veo a un ciego queriendo cruzar por Venezuela y Perú, golpeando con el bastón el cordón de la vereda y nadie lo ayudaba. Una boluda de unos veinte años estaba al lado y no se movía. Estaciono el auto, me bajo y le tomo el brazo. En eso me empieza a empujar. “Pero señor, ¿no es que quiere cruzar? Lo ayudo. “Disculpe. Es que ya estoy cansado de que me digan lo mismo para meterme la mano en el bolsillo y robarme”.
-¿Qué le parece. Puede haber alguien tan atorrante de robarle a un ciego? Pero bueno, ya cruzamos Corrientes. Ud. tiene que bajarse. Perdone toda la charla.
-Para nada, le agradezco y me voy corriendo a anotar todo lo que me dijo.
Se ríe mientras detiene el reloj y ya dirige su mirada hacia la vereda esperando al próximo pasajero.