lunes, 21 de diciembre de 2015

A PIÑEYRO IDA Y VUELTA

El viaje iba a ser bastante largo. Ida desde Plaza Lavalle hasta la para mi desconocida localidad de Piñeyro, pasando el Riachuelo y vuelta. Yo iba con la incomodidad de ánimo de salir en horas de trabajo. Aunque formaba parte de mi tarea ir a visitar a una persona mentalmente incapacitada hasta su casa, siempre me pasa que temo que fuera de allí nadie sea capaz de resolver nada y que a mi regreso se haya producido alguna hecatombe. Por supuesto es una apreciación totalmente falsa. Nadie me necesita demasiado y soy fácilmente reemplazable.
El taxi era espacioso, con aire acondicionado y limpio. Uno de esos Spin que me resultan tan cómodos. Su conductor tenía todo el formato físico de un negro africano. Labios gruesos, cráneo redondeado, nariz aplanada. Pero la piel era completamente blanca. Seguramente un mix genético con algún antepasado venido en un jaulón en la última bodega de un barco negrero y otro viajado en un barco de inmigrantes, quizás viendo de vez en cuando la luz del sol.
Aquí esos ancestros se encontraron, quizás se enamoraron, pero en todo caso engendraron a este argentino que se mostró de entrada dispuesto a contarme su historia, mezclada con la interpretación de lo vivido.
No tenía muy claro cómo llegar al destino, y disimuladamente consultaba un GPS que había colocado debajo del velocímetro, como si fuese un poco pecaminoso hacerlo. Luego me confesaría que le costaba interpretarlo y que además era un aparato muy viejo que daba las indicaciones con retraso.
-¿Sabe? Yo ni siquiera terminé la escuela primaria. Siempre fuí muy bruto. Nada me entra y solamente serví para colectivero y ahora taxista.
Me fuí de mi casa a los ocho años. Si fuera hoy seguramente andaría mezclado con las drogas y el paco, mas bruto todavía, pero en esa época un chico no corría tanto peligro. Me empleé en un taller mecánico para lavar las herramientas y cebar mate. Yo miraba todo tratando de aprender, pero el dueño no me enseñaba nada. Me fuí al poco tiempo.
Fuí creciendo a los saltos y no me quiero acordar de todo. A veces les cuento a mis hijos y me miran como si estuvieran escuchando a un marciano.
Un día conocí a la mujer maravillosa que hoy sigue siendo mi mujer. Con ella discutimos muchísimo, como chicos, pero no consigo dormirme a la noche si no pude darle un beso, y a la mañana lo mismo. No podría salir a trabajar sin verla.
Cuando ella estaba esperando nuestro primer hijo me quedé sin trabajo. Le pedí a un amigo, colectivero de la 104 Liniers-Once si me podía conseguir un puesto. Yo nunca había manejado un colectivo mas que por una vuelta que me había hecho dar ese amigo arriesgado.
Me citó en la empresa. Nos encontramos en la puerta. El entró y pasaba el tiempo y no venía a buscarme. Una hora, hora y media. Después me contó que cuando llegó le habían ordenado salir inmediatamente a hacer un viaje y no había podido avisarme.
Vi entrar a uno y le pregunté si era de la empresa. “Si, pero no estamos tomando gente ahora”, me dijo. Medio desesperado le conté que estaba sin trabajo, con mi mujer esperando, que me estaban manteniendo mis suegros.
“Pasá a ver que puedo hacer”. Me puso con un español, hombre educado y correcto al que le conté mi situación.
“A usté lo voy a sacar colectivero de los buenos” dijo el gallego.
Me puso a hacer pruebas por la playa con un colectivo durante un mes. Al mes me hizo salir a la calle a hacer el recorrido sin pasajeros para poder conocer bien las paradas.
Mi amigo me enseñaba filosofía: “vos no sos piloto de carreras. Llevás gente. Andá siempre tranquilo. Buenos días, buenos días, buenas tardes, buenas tardes. Te vas siempre por el carril de la derecha y a lo sumo por el del medio. Nunca a la izquierda porque no podrás volver a la parada sin molestar.”
Yo le hice caso. El trabajo era complicado porque los horarios eran de la época en que había pocos autos y casi nada de semáforos y ahora yo tenía 8 minutos para hacer un montón de cuadras. Después cambiaron un poco eso.
Había que cortar boletos, cobrar, dar cambio. Todo sin caja automática. Ahora con la SUBE todo es mas fácil. Lo que no se es como hacen con los accidentes, porque el boleto era su comprobante de seguro, pero la tarjeta todos la prestan y la mitad de los que figuran viajando en el colectivo ahora están en sus casas o se murieron, no sé.
La línea 104 estaba medio quebrada y yo no lo sabía. Hubo épocas muy malas. Después pasé a la 7 que era excelente al principio pero también la fundieron unos malandras que la administraron.
A esta altura del relato creo que apenas habíamos cruzado el puente Pueyrredón y encarado la avenida Hipólito Yrigoyen, a quien todos conocen como Pavón, su antiguo nombre.
Al principio el barrio era bastante común. Una plaza bastante bien cuidada, una avenida con palmeras transplantadas, según la moda urbana de los últimos años.
-Hasta acá conozco. Frente a la plaza hay una sala de grabación chiquita donde viene mi hijo, que es músico.
-¿Que onda toca? pregunto.
-Fusión. Eso que es un poco de rock, tango, folklore. A mi no me gusta demasiado. Prefiero el rock nacional. Pero suenan bien. El conjunto está contratado por un abogado que es también el jefe de él. Se hace el productor, me parece que porque tiene que lavar un poco de dinero que no puede justificar. De paso a los chicos les viene bien. Tocan y económicamente no ganan nada pero tampoco pierden. Salen hechos. Tienen una cantante. Lástima que ahora que les salió una gira a no se que país de Europa la cantante no los quiere acompañar y por eso creo que no podrán ir. Mi hijo hace esas dos cosas. Toca música y le hace diligencias al abogado. Cuando yo quedé en la calle y tenía ocho años me tuve que arreglar solo. Este chico no sabía qué colectivo había que tomar para ir a ningún lado. Todo el tiempo me preguntaba “Papá que tomo para ir a Almagro, qué tomo para Caseros”. Tienen todo resuelto.
La zona se ponía ahora melancólica a pesar del espléndido sol de diciembre. Inmensas fábricas abandonadas, la costa del Riachuelo que parece haber sido corregida hace poco tiempo con un talud y una avenida recién hecha por la que nadie circula y al otro lado del agua inmensas villas de las que ya van llegando a los cuatro o cinco pisos gracias a la permisividad del gobierno de la ciudad.
El GPS tenía en mente un recorrido distinto del que yo había visto en el plano, pero me pareció que no nos alejábamos demasiado. Tampoco teníamos otra alternativa que seguir bordeando el Riachuelo porque no se veía a la izquierda ninguna calle como para ir en dirección a la que yo buscaba. Fábricas y mas fábricas, una al lado de otra. Alguna recientemente remodelada y aparentemente funcionando, como la SIAM.
Finalmente apareció la calle transversal y caimos casi justo a la altura que era mi destino. Un barrio de casitas bajas, tipo PH o chorizo, feísimas, pobres, aunque en general sin basuras a la vista.
Como me interesa hablar del chofer de taxi no contaré a qué tuve que ir allí ni la escena con la que hube de encontrarme. Quizás en otro momento.
Pasada una media hora o un poco mas salí de esa casita, abordé el taxi y con algunas indicaciones del hombre que había ido a ver pronto estuvimos volviendo.
“Que siestita me dormí”, dijo el tachero.
-Puedo dormir en todas partes. Con media hora me alcanza y estoy como nuevo. Al mediodía vuelvo a mi casa. En el camino compro algo para comer para mí y mi señora. Ella me espera (no me acuerdo dónde me dijo), la subo, vamos a casa, comemos, duermo un poquito y estoy listo. ¿Sabe? en Japón -o sería Corea- descubrieron que los empleados rinden mucho mas si se les permite echar un sueñito después del almuerzo. Ellos son muy avanzados. Dejan que todos duerman ese poco y a la tarde tienen todas las antenas alertas.
El tránsito de regreso por la avenida 9 de Julio se hacía sumamente lento. Mas tarde descubrimos que en parte obedecía a un piquete de veinte o treinta personas que con la colaboración de la policía entorpecían como si fueran mil, frente al edificio Del Plata.  Por su aspecto y escasa convicción demostrada seguramente eran contratados, esa modalidad de protesta muy típica en Argentina que se nutre de individuos que ponen su presencia a cambio de transporte, refrigerio y un poco de dinero. Hoy tienen la camiseta del sindicato de la construcción, mañana serán supuestos desalojados, hinchas de un club de fútbol o enfermos de SIDA. Supongo que también podrían participar de la ópera Aida con Radamés retornando vencedor. El que los contrata extorsiona así a las autoridades, que negocian directamente con él algo de dinero que le permite sacar a la gente de allí, pagarles y hacer una diferencia a su favor.
-Cómo joden, fué el comentario del chofer. ¿Por qué no irán a laburar?
-Eso están haciendo, le contesté. Su trabajo es molestar, prestar el cuerpo y a cambio reciben algo que los conforma. Lástima que en eso se les va la dignidad.
-Verdad. Para mi lo único que no negocio es mi dignidad y trato de enseñar eso a mis hijos.
Ya habíamos sorteado al grupo de indignos y podíamos encarar hacia la derecha para tomar por Lavalle hacia la plaza.
-Bueno, ya casi llegamos. ¿Quiere ticket?
-Si, tengo que rendir cuentas, le respondí mientras abría la puerta. Muchas gracias, felicidades y saludos a su señora.
-Gracias, que termine bien el día.

lunes, 14 de abril de 2014

LECHERO DE BARRACAS

Subo en la esquina de Finochietto y Perdriel. Es la primera mañana fresca de este otoño. Tenía turno muy temprano con el médico en el Hospital Británico y ya me estoy yendo para la zona de Tribunales, con ese espíritu optimista y esperanzado que genera un médico que te viera mucho menos jodido de lo que vos pensabas estar media hora antes.
Es un Corsa, no muy nuevo, con un conductor de unos sesenta años. Después me enteraré de que cumplió 65 la semana pasada. Canoso pero con todo el pelo, hablar pausado y respetuoso.
-Buen día. Hasta Libertad y Lavalle, por favor.
-Como no. Disculpe ¿es del barrio? Digo de acá, de la zona.
-No. Vine al hospital. Pero me gusta Barracas. Creo que es el barrio mas lindo de Buenos Aires. Calles anchas, casas bajas, bastantes parques.
-A mi también, me dice mirándome por el espejo retrovisor con unos ojos sorprendemente azules. Yo me crié acá. Mi viejo guardaba el carro y los caballos en un corralón de aquí a la vuelta, por Baigorri.
-¿Tenía chata?
-No, señor, al principio solamente carro. Más adelante sí pudo comprar la chata y cuando dejó eso se pasó a un Mateo.
-Lástima que el barrio esté tan venido abajo, las casas con rejas.
-Verdad. Es que muchas casas están tomadas por esos peruanos que no dejan de robar. La gente decente se asusta y se quiere proteger.
El tránsito se ha detenido durante varios minutos por un auto que hace maniobras para estacionar ayudado por un trapito.
-¿Ve esa casa? Me señala una de esas de principios del siglo pasado, con puerta cancel de madera con tiradores de bronce, algo venida a menos, con  dos ventanas balcón cerradas con sus celosías.
-Allí vivía un señor importante. Mi papá me mandaba que viniera a recibir los pedidos.
-¿Que repartían?
-Leche. ¿Vió los tarros y las medidas? Mi papá repartía y a veces nos dejaba a mi hermano y a mí acompañarlo. El sacaba primero la crema a eso de las cuatro de la mañana, cuando la recibía, y con eso hacía manteca. Mi mamá preparaba el dulce de leche. ¿Se imagina el sabor de ese dulce hecho mayormente con crema? El desayuno de pan con manteca y dulce de leche era como una comida, más que una comida.
-¿Dónde retiraban la leche?
-En la estación Constitución. Llegaban los trenes lecheros y todos los carros de reparto recibían los tarros y a trabajar.
El tránsito se aceleró un poco y el taxi dobló por Baigorri hacia la avenida Amancio Alcorta.
-¿Ve ese depósito grande? Ahí no era sino al lado. Ahora donde se guardaban los carros se hizo una villa, que le va a hacer. Enfrente, no estaba el parque que ahora ve tan grande sino que había un vivero municipal. Un día lo cerraron y ahora está el parque. Lástima que ya no se puede ni caminar por ahí. Le roban a cualquiera. Hasta a los ancianos que viven en el asilo al lado del Hospital Rawson les sacan lo poco que tienen.
-¿Ese era el Rawson, verdad?
-Si, ahora hay no sé qué cosa de la Municipalidad o del Gobierno como ahora le dicen, se ven esos camiones amarillos. El hospital era muy bueno. Ahí lo llevaron al “Mono” Gatica cuando lo atropelló un auto. ¿Se acuerda de Gatica? Gran boxeador. Terminó vendiendo ballenitas y muñequitos en la calle. Qué le va´cer.
Gira por Finochietto y toma Salta. Ya me veo que por conversador no deja de ser taxista, y que me llevará por esa calle lenta y llena de colectivos en lugar de hacer un par de cuadras más e ir por la 9 de Julio. No me importa, estoy disfrutando de la charla y no tengo apuro.
-Ahí, donde ahora hay ese garage grande de taxis ya había una playa de estacionamiento cuando yo era chico. Al lado había un negocio que tenía teléfono. En mi casa no teníamos y tampoco ninguno de nuestros vecinos. Teníamos que caminar unas cuantas cuadras hasta acá. Mi papá tenía un cliente grande, una heladería por Bernardo de Irigoyen y había que llamar por teléfono para preguntar por los pedidos. “Traeme ciento veinte litros, pibe”. Era un muy buen cliente. Mi viejo iba primero a llevar ese pedido. El barrio era humilde pero seguro. A mi hermano y a mí nos bañaban en una palangana y no me avergüenza decirlo. Mis padres nos inculcaron el respeto, el amor por el trabajo y la dignidad. Cuando tuve edad de tomar el colectivo 67 mi viejo me dijo “Que no me entere que una persona anciana o cansada viajó parada al lado tuyo, dale siempre el asiento a las señoras”. “Perdé cuidado” le respondía yo. Mire ahora cómo se vino abajo la educación.
-Verdad. Antes las propias maestras enseñaban a comportarse a los chicos, a usar las palabras correspondientes.
-Qué le parece.
Circulamos por Salta, cruzando Constitución. En varios portales se ven horribles travestis ejerciendo la prostitución. Figuras patéticas, demacradas, con cirugías que los asemejan más a momias egipcias o a monstruos como Frankenstein, que ni son hombres ni mujeres.
-Si, que tremendo.
-No puedo dejar de pensar en lo bajo que caen, y lo peor es los que los utilizan. De noche ni se puede andar por acá. Es muy duro. ¿Ve ahí? En esa manzana cortita había un teatro. Ahora no se qué. Creo que venden droga. Mis abuelos venían a ese teatro, les gustaba ver las obras que presentaban.
-Que bien. ¿De dónde eran?
-Mi abuelo de La Coruña, Pontevedra. Mi abuela de Sicilia.
-La Coruña es hermosísima. Viera el mar allí, y los cerros. El paisaje es emocionante. Y la gente educada, alegre, musical. Me imagino como habrá sido para ellos, como sus abuelos, venir desde esos lugares a la fuerza hasta acá. ¿Quién sabía qué era América? ¿Dónde quedaba la Argentina?
-Verdad. Muchos me han dicho lo mismo que Ud. de La Coruña, del país gallego. Una señora que llevé el otro día, ya grande, me decía que cada vez que podía viajar allí no quería volver. Pero todos a los que quería estaban aquí en Argentina. Hijos, nietos. Sentía el corazón un poco en cada lugar y se preguntaba si podría volver, porque ya le estaba fallando una pierna y con mas de ochenta se le hacía cuesta arriba.
Sigue callado un par de cuadras. Se entona otra vez cuando pasamos por la Casa de Ejercicios.
-Pero hay jóvenes… el otro día llevé a dos chicos de unos catorce años. Viera que educados. Por favor, gracias. Todo así. Venían de la canchita pero no habían podido jugar al fútbol porque se largó a llover muy fuerte y el entrenador tenía miedo por los rayos. Uno de ellos me contó que acompañaba a su abuelo a la cancha a ver el fútbol y que por el peligro que hay ahora hasta iba con él al baño para que no le robaran. A propósito. el otro día veo a un ciego queriendo cruzar por Venezuela y Perú, golpeando con el bastón el cordón de la vereda y nadie lo ayudaba. Una boluda de unos veinte años estaba al lado y no se movía. Estaciono el auto, me bajo y le tomo el brazo. En eso me empieza a empujar. “Pero señor, ¿no es que quiere cruzar? Lo ayudo. “Disculpe. Es que ya estoy cansado de que me digan lo mismo para meterme la mano en el bolsillo y robarme”.
-¿Qué le parece. Puede haber alguien tan atorrante de robarle a un ciego? Pero bueno, ya cruzamos Corrientes. Ud. tiene que bajarse. Perdone toda la charla.
-Para nada, le agradezco y me voy corriendo a anotar todo lo que me dijo.
Se ríe mientras detiene el reloj y ya dirige su mirada hacia la vereda esperando al próximo pasajero.



domingo, 10 de marzo de 2013

YO SOY EL DE LOS CARAMELOS


Subió al taxi en la estación Retiro. Se lo veía pobremente vestido, casi un indigente.
Ni bien se sentó, antes de que yo pusiera a andar el reloj me preguntó cuánto costaría el viaje hasta el Hospital de Niños.
Le dije la cantidad aproximada.
-Vamos, entonces, por favor. Me respondió.
Durante la marcha me dí cuenta enseguida que no conocía mucho de la ciudad. Miraba a un lado y a otro como queriendo retener en su memoria los edificios, las calles y las plazas.
-Disculpe, me preguntó luego de algunos minutos. ¿Este recorrido lo hace algún colectivo? Es que voy a tener que venir seguido y el taxi me sale un poco caro.
-Si, le contesté. Puede tomar el 92 que lo deja bien.
-Ah. Gracias. Será mejor el colectivo la próxima vez. ¿Sabe? Tengo un hijo que está internado en hospital.
Tenía ganas de contarme. Eso se notaba enseguida. Y comenzó a contarme que vivian en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, bastante lejos, y que venía para verlo. Mientras hablaba, sin que el se diera cuenta apagué el reloj del taxi.
Cuando llegamos a la puerta del hospital me preguntó.
-¿Cuanto le debo señor?
-Nada, le respondí.
-Pe...pero ¿Por qué? Este es su trabajo. Usted vive de esto.
-Mire, le dije. Usted no tiene nada que ver. Es una cosa entre el pibe y yo. Quiero darle un paquete de caramelos, pero para comerlos tiene que estar sano. Cuando se cure cómprele unos caramelos y dígale que son de parte de un taxista de Buenos Aires.
-La verdad, muchas gracias, dijo el hombre y se bajó.
Vi como caminaba hasta la puerta del hospital, subía la escalinata y se perdía dentro del enorme edificio.

Pasaron muchos años. Yo como siempre trabajando arriba de mi taxi.
Una noche, yendo por la avenida Gaona, casi al llegar a Espinosa, veo una enorme iglesia y enfrente un bar abierto.
Estaba bastante fresco, casi frío, y me dieron ganas de tomar un café con leche y aprovechar para ir al baño.
Estacioné el auto sobre Gaona, entré al bar, me senté frente a una mesa al lado de la ventana y pedí un café con leche al mozo.
Mientras lo preparaban fuí hasta el baño, volví, me senté y me lo trajeron. Humeaba, daban ganas de sostener la taza con las dos manos para calentarlas un poco.
Estaba alzando la taza y siento en el hombro una mano que se apoya.
Mi primer pensamiento fué el de sentirme en peligro. Giré la cabeza y ví a un desconocido.
-¿Si? le dije ¿Lo conozco?.
-Yo soy el de los caramelos, dijo el hombre. Quería decirle que ya se los di al pibe y que te da las gracias.
Me había olvidado por completo pero al oirlo lo recordé.

¿Sabe señor? Yo no cobro los viajes de apuro a los hospitales. Es cosa mía. Cosa de un taxista de Buenos Aires.

CHANGUITO TUCUMANO


No se si los taxistas, de tanto repetir algunas historias las van mejorando con el tiempo, pero cada vez que uno me cuenta la suya me encanta oírlo.
Hoy un vejete de 73 me dijo que quería retirarse y volverse a Tucumán, donde había nacido. Ni la mujer ni los hijos quieren oir nada sobre eso.
“Quiero ir a los valles Calchaquíes” dijo.
“Que lindo es Amaicha del Valle”, digo yo.
El me mira por el espejo, emocionado. “Allí me crie”.
Zas, la pegué con el lugar. Ahora el relato será imparable.
“Ve este dedo? Es un recuerdo de infancia de Amaicha. Mi tio era comisario. Le molestaba que el viento golpeara puertas y ventanas y entrara tierra en la comisaría. Cuando se levantaba tierra los chicos nos asustábamos de que el pudiera enojarse y corríamos a cerrar las ventanas que eran así de gruesas, pesadas. Cerrando una de las ventanas me apreté el dedo y casi lo pierdo. Quedó medio así como lo ve”.
No estaba tan mal ese dedo. Quizás era mas fuerte la impresión infantil y el recuerdo que el resultado efectivo del machucón.
“Yo me levantaba bien temprano. Tenía dos primas y dos primos y a la mañana me tocaba buscar los caballos en el campo. Yo siempre me podía elegir el mejor porque los otros se quedaban durmiendo. Era un hermoso caballo peruano, grande, negro, hermoso. El mejor. Mi tío el comisario siempre decía a sus hijos que por qué tenían los peores caballos.”
Habíamos partido de la esquina de Lavalle y Talcahuano, en la vereda del Palacio de Justicia. El viejito acababa de salvar su vida de milagro porque al verme y para no perder el viaje cruzó Talcahuano con luz roja y un colectivo 39 casi se lo lleva puesto a él, al taxi y a la historia de su vida.
En el punto de los caballos ya íbamos por Paraná a la altura de la avenida Córdoba. Nuestro destino era Larrea y Arenales, el jardín de infantes de Pedro y Josefina.
“Si, es lindo por allí, está cerca Tafí del Valle” lancé yo como para darle la oportunidad de que terminara allí.
“¿Sabe que trabajé en ENTel treinta y cinco años?. Le cuento. A los dieciocho años le dije a mi padre que quería trabajar en Buenos Aires. El no quería que me viniera. Le mentí diciéndole que ya tenía comprado el pasaje de tren. Vine colado en el tren y cuando llegué a Retiro no tenía dónde ir. Me quedé durmiendo casi un mes en los bancos de la plaza”.
“Que cosa” digo yo sin saber a dónde iba el tema y cómo se las arreglaría para terminar, porque en ese momento ya había girado por “Charcas”, como la llamó él reconociéndome tan viejo como para no haber asimilidado todavía el nombre de Marcelo T. de Alvear.
“Todos los días pasaba por al lado de mi banco un muchacho bastante bien vestido y me tiraba unas monedas. Un día decidí encararlo. Disculpe, señor. ¿Que querés, mas plata? dijo el otro. No señor. Quiero trabajar con usted. Puedo limpiar, acomodar, cargar cosas. Me miró y me dijo: andá a esta dirección y la escribió en un papelito. ¿Sabés como ir?. No. Bueno, caminá por esa avenida que se llama Alem. Vas a ver un edificio grande pintado de rosa. Es la Casa Rosada. Ahí buscás la calle Defensa que sale a la mitad de la plaza y caminás hasta este número.”
Me mira de nuevo por el espejo para comprobar si sigo atento. Lo estoy porque para ese entonces logró atraparme esa historia oculta, anónima, sucedida a un changuito tucumano por allá por 1958 ó 1959. En esos años yo tenía diez, estaba pupilo en el colegio Británico de Morón sufriendo parecidas soledades y pobrezas aunque con el empeño de mi madre para mantenerme emocionalmente a flote. No puede descartarse que yo viera al muchacho viviendo en la plaza Britania porque Nona de vez en cuando nos llevaba por alli.
“Fui al dia siguiente y no me costó encontrar la dirección. Los lugares por los que caminé eran grandes. La casa de gobierno, el correo central, el Banco Central, la plaza de Mayo. Donde yo tenía que ir era una oficina de la empresa de teléfonos del Estado. Presenté el papelito con el nombre del señor. Me hicieron subir en un ascensor y otro señor me recibió, me dio una planilla y me pidió que la llenara con mi nombre. Por suerte no miró que yo no puse mi dirección. Me dijo que tenía que empezar a trabajar al día siguiente. Era una obra. Me explicó que colectivo había que tomar. Yo, siempre con mi bolsito, me volví caminando a la plaza. Llegué bien al trabajo al dia siguiente. Me recibe un capataz y me dice: ¿Sabés cocinar asado? Le dije que si pero no tenía la menor idea. Ni siquiera sabía encender el fuego. Mis compañeros se hicieron los distraidos y todos me iban dando indicaciones. Seguramente se reían de mi entre ellos. Casi sin darme cuenta estuvo listo el asado y dijeron que era rico. Cuando teníamos que salir, al final del día uno me dice: ¿Vos donde vivis? ¿Por quu tenés ahí tu ropa? Tuve que decirle la verdad. ¡A ver, que ninguno se vaya! gritó el muchacho. Acá hay que pagarle la pensión y bancar a uno durante seis meses porque no tiene donde vivir y no le van a pagar el sueldo por varios meses. Juntaron para ese dia y pude dormir, después de casi un mes en una cama. Era por alli por Constitución la pensión. Todavía está. Cuando paso con el taxi me acuerdo de ese pibe.”
Ahora el final se acercaba de manera inexorable. Larrea casi avenida Santa Fe. Faltaba una cuadra.
“¿Baja antes?”
“Cruzando Arenales, por favor”.
“Y así entré  ENTel, trabajé 35 años, me compré el taxi. ¿Como son las cosas no?
Abriendo la puerta le digo “Si, asi son. Espero que termine bien su vida”, equivocándome porque quise decirle su día.
“La suya también, caballero”.
Al dirigir la mirada a la vereda veo un par de largas piernas cruzadas que se sumergían en un cortito short. En seguida, algo mas arriba un par de hermosas tetas dando forma a una remerita y, siglos después, una cara que no justificaba tanto el resto.
Traté de meter la historia del viejito en mi memoria antes de que esa atrayente actualidad la disolviera como un sueño.
Por eso me apuro ahora a tratar de contarla.